domingo, 1 de enero de 2017

La Juventud

La juventud
LA  VEJEZ

Sorrentino vuelve a sorprender. Una película, de nuevo, llena de sugerencias y reflexiones con una gran ironía, que empieza en el mismo titulo de la película. En realidad es una reflexión sobre el final de la vida: lo que hemos hecho, lo que hemos soñado y deseado. Nuestros sueños cumplidos e incumplidos, en definitiva, lo que somos porque hemos sido.

Como vengo repitiendo en este blog, la identidad es un proceso que dura todo el ciclo de una vida. Sorrentino nos pone en el espejo de nuestra identidad al final de  la vida: el momento de reflexionar hasta qué punto somos algo, o hemos conseguido definirnos de algún modo.

José Luis Pardo dice que no podemos ser individuos privados sin ser antes ciudadanos, No es posible dotarse de una identidad privada, no somos nadie hasta que firmemos el pacto social, y al reconocernos pertenecientes a una comunidad entonces podemos adquirir una identidad (Pensemos en los casos de los indios americanos, o de las minorías étnicas en ciertos contextos de dominio cultural de una etnia mayoritaria).

Fred es un compositor de éxito y es reconocido como tal. Su amigo Mick, también cercano a los 80 es un director de éxito y se encuentran en un balneario al pie de los Alpes. Aparece otro personaje, joven actor que busca inspiración para su nueva película. Es lo contrario de ambos ancianos, busca en los demás lo que él carece: una identidad. Observa para apropiarse de ciertas características de otras personalidades. Para el joven actor: "mi yo es la suma de los otros yoes". Fred y Mick son únicos, en especial Fred, quien, sin embargo, pasa por una crisis existencial. ¡Una crisis de identidad a los 80 años! ¡Qué irónico! Fred es como un adolescente, en busca de una personalidad.

El problema de Fred, de MIck es que se dan cuenta al final de su vida que aparte de sus creaciones, su música, sus películas, si se les quita esa vida profesional, no son nada, como Ulises ante Polifemo son nadie. El vacío está detrás de su máscara social, y eso es lo que no pueden soportar. Anhelan la juventud porque la juventud es acción y falta de reflexión. El profundo nihilismo que les invade es la causa de su angustia, angst. ¡Qué feliz la ignorancia perdida! ¿Y si el recuerdo de uno no es como uno lo quiere? Una vez desaparecidos, la memoria queda en manos de los otros, sean quienes sean. Mi yo ya no será mío y en esa medida la inmortalidad aristotélica es una farsa. Por eso el cristianismo habla de una inmortalidad en otra vida, pero en otra vida donde sigamos siendo nosotros mismos. no una memoria en la que el yo desparece suplantado por el nosotros. ¡Qué vanidosa es la naturaleza humana! Y eso es lo que Sorrentino nos cuenta de manera visual y por lo que me parece un gran director de cine. Es Filosofía en imágenes, filosofía visual, filosofía sin palabras, ¿es posible? o quizás no es filosofía porque la Filosofía solo puede ser lenguaje.

lunes, 26 de diciembre de 2016

La chica danesa

LA IDENTIDAD DE GÉNERO

Einar es un hombre felizmente casado con una joven artista. Él es al mismo tiempo un artista de éxito y ayuda a su mujer a convertirse también en una pintora exitosa en un mundo de hombres. Einar está muy seguro de si mismo y de quien es. Sin embargo, un acontecimiento inesperado y en apariencia trivial va a desencadenar una tormenta en su manera de verse a sí mismo.

Nuestra identidad, lo que somos está asociada a nuestro cuerpo, somos género y nos reconocemos como hombres o mujeres. Vamos creciendo y nos vamos configurando en relación a nuestro sexo. Nuestra identidad está en saber hacer compatible y coherente nuestro yo mental con nuestro yo-cuerpo. Pero no siempre es así. Simone de Beauvoir decía que el género es una construcción social. El género se hace, se construye, no se nace hombre o mujer sino que aprendemos a ser hombres y mujeres, interiorizamos nuestros roles masculinos o femeninos en el juego social. ¿Dónde está nuestro yo, nuestra identidad? Somos mentes y somos cuerpos, ambos configuran lo que somos.No siempre ambas identidades van paralelas o confluyen en un autorelato coherente. Este es el problema de la identidad de género que no siempre va asociada al sexo. Beauvoir tenía razón, por un lado está nuestro sexo: el cuerpo de hombre o mujer que la naturaleza no ha dado. Por otro lado está nuestro género: el rol masculino o femenino que adoptamos ante los demás. Las combinaciones son variadas. Podemos estar bien en relación a nuestro sexo y género, o podemos estar contentos con nuestro cuerpo pero no con nuestro género y puede no gustarnos ni nuestro cuerpo ni nuestro genero. Caso mas extraño es que uno puede no gustarle su sexo pero sí su género. Ahora lo avances en medicina permiten lo que antes era un problema que en muchos casos terminaba en tragedia o se vivía de manera dolorosa. Podemos cambiar nuestro sexo a elección. Y cuando decimos "cambiar" nos referimos a un cambio total del sexo de nuestro cuerpo para acomodarlo a nuestra identidad mental y psicológica que nos permita una identidad de género social adecuada, una autonarración adecuada a nuestro deseo.

Aquí aparece de nuevo una de las claves de la identidad: somos lenguaje. No solo en la medida en que nos hablamos a nosotros mismos sino también cómo hablamos a los demás. Somos narraciones incompletas que se van completando en la medida en que crecemos, vivimos. Somos los autores de nuestra propia aventura de vivir, los escritores de nuestra vida. A diferencia de los libros de papel, el libro de la vida está escrito con hechos, con nuestras acciones, silencios, indiferencias, decisiones, etc.. Somos los protagonistas de nuestro propio relato, pero la pregunta sigue en pie: ¿Cómo es posible que escribamos nuestra vida desde un yo inexistente, que es una construcción social? Si el hombre no tiene esencia, como diría el compañero de Beauvoir, solo existencia, no podemos construir desde la nada: o somos algo previo o no somos nada y tenemos que admitir que somos el producto de otro. Es el viejo problema de Platón: ¿Cómo se puede aprender algo desde la ignorancia, si previamente no sabemos lo que hay que aprender? ¿Cómo reconocer lo sabido?

domingo, 22 de noviembre de 2015

El hombre irracional

 Abe es un hombre irracional, o eso parece. En realidad es un profesor de filosofía desencantado de haber sometido su vida a una total racionalización. ¿Qué ha pasado?  Abe ha intentado hacer de su vida una realización de lo que pensaba, eliminar el abismo que separa la teoría de la práctica- Había que ponerse a transformar la realidad- Por eso Abe había hecho toda clase de trabajos y se había comprometido con asociaciones y organizaciones de ayuda y compromiso social. Abe  ha viajado por todo el mundo, pero ahora se siente fracasado y frustrado y se dedica a dar clases de filosofía en la universidad. Su vida no puede estar más vacía. Todo en lo que había creído ahora no tiene ningún valor, pues ha llegado a la convicción de que nada se puede hacer: el mundo es injusto y por mucho que hagamos seguirá siendo así. Abe ha recopilado a lo largo de su vida muchas experiencias, pues la vida, como la filosofía se puede resumir en un solo concepto: la experiencia.
John Dewey dijo que la experiencia significa hacer y sufrir; y sufrir es experimentar placer y dolor en el contacto con las cosas. Abe ha experimentado placer, sin duda, pero el dolor ha sido más intenso, pero no porque él mismo lo haya experimentado en su piel sino en el contacto que ha tenido con él. El dolor le ha sobrepasado y no se ha ajustado a su modelo de mundo, a sus esquemas conceptuales. La experiencia de Abe está rota, fracturada, imposible de recomponer, por tanto, su vida. Abe no quiere sentir, el dolor le asusta, se ausenta de la realidad y se vuelve un objetor de la realidad, un autista consciente. Solo le queda experimentar lo último que al hombre le es dado, la muerte, pero no se atreve. El suicidio es teórico pero no práctico, la idea de matarse es la constatación de su propia fractura interior. Sin embargo, Abe no contaba con una cosa: la amistad y el amor. Ambos, le devuelven a la realidad y le abren una puerta a la experiencia de la muerte, pero no en él, sino en el otro -ahí está su error-. Abe cree que la muerte de un hombre injusto puede hacerle reconciliar realidad y pensamiento. Se equivoca, nunca podemos controlar todas las variables. El azar y la suerte juegan un papel fundamental en nuestras vidas, para bien y para mal. Abe creyó conseguir el crimen  perfecto pero solo consiguió, de una manera casual, la mayor de las inusticias y, por tanto, el crimen más imperfecto. En una cosa Abe tenía razón: no hay posibilidad de hacer coincidir la verdad con la bondad, pero no debemos renunciar nunca a conseguirlo. Su renuncia es lo que le convierte en un hombre irracional.

domingo, 22 de marzo de 2015

El Ruiseñor


Most musical, most melancholy bird (Coleridge, The nightingale)

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¿Quién es Birdman? Michael Keaton da vida al espectáculo de lo que los filósofos contemporáneos llaman la autoaniquilación del yo. Detrás de un individuo destrozado, fragmentado que ha perdido toda conciencia de quién es, de su identidad, aparece otra identidad esencial. El no se sabe quién es pero intuye que detrás se esconde su verdadero yo en la identidad de un tiempo pasado, glorioso, que recuerda con nostalgia y de verdadera plenitud y felicidad. La identidad hecha añicos por la experiencia de la vida intenta recomponerse en un viejo marco: un héroe de comic: un hombre-pájaro. Pero la realidad es que esta identidad es tan volátil como las otras, incluso más, pues su naturaleza es, como los pájaros, y no por casualidad, aérea, voladora, frágil y huidiza como el aire, la materia de la que están hecha los sueños. El trágico final no es más que la constatación de un fracaso que no tenía alternativa. Cualquier solución, cualquier alternativa llevaban al mismo lugar, a la nada, a la disolución del propio yo, a saber que somos nadie. El tiempo de Birdman es el tiempo de Ítaca, la patria a la que Riggan quiere volver. La diferencia estriba en que mientras Ulises sí tiene una patria, la de Riggan es ficticia, es producto de la imaginación, de un deseo contradictorio, de ser algo que no se es, del autoengaño. Riggan concibe un tiempo cíclico que se repite, y por eso cunado completa el círculo, desaparece. En el éxito está su perdición. Y el fracaso, ¿le hubiera salvado?, ¿he hubera dado una nueva oportunidad de ser? Samantha, su hija, es el fracaso de los que no aceptan una sociedad construida en la insatisfacción permanente. Y precisamente ese hecho le pone en la posición de  mirar el mundo reflexivamente, con mayor autenticidad, su fragilidad es su fuerza.


sábado, 7 de febrero de 2015

Nómadas

Nómadas (1986)Nuestra identidad es una construcción social  y personal. Vamos eligiendo, escogiendo, probando, queriendo, rechazando, experimentando, pero los demás también nos condicionan, nos dan pistas, nos obligan. El dualismo identitario forma parte del hombre desde las primeras culturas. Aquiles era griego y eso era lo que le definía ante los otros, los que no eran griegos, pero era Áquiles ante los suyos, el de los pies  ligeros. Todos tenemos una doble dimensión: la personal y la social. Habermas (La reconstrucción del materialismo histórico, 1981),  dice que el núcleo de la identidad en las sociedades modernas es la nación. Uno es dónde nace, lo que vive, lo que le enseñan, y eso no lo elige. Las naciones ponen el límite de la identidad en la lengua y en el territorio. Pero uno elige aceptar o rechazar su tradición, o cambiarla  por otra, somos lo que queremos, pero para ser tenemos que dejar de ser lo que hemos heredado, abandonar el territorio, convertirnos en nómadas.

El nómada es una figura recurrente en la historia de la filosofía. Desde los inicios el hombre occidental se ha considardo un nómada, que vive en tierra extraña.  Moisés dice: "Soy un extranjero en tierra extraña. ... y muero de inmensa pesadumbre en tierra extraña" (1 Macabeos 6, 12-13). Moises no es muy distinto al hombre europeo actual que vaga por tierra extraña. La diferencia es precisamente esta "tierra extraña", la extrañeza del mundo contemporáneo. La posmodernidad precisamente ha eliminado el mundo de su vista. La tierra extraña lo es precisamente porque no hay tierra. Somos nómadas sin tierra, sin hogar, sin identidad. El hombre contemporáneo se asemeja cada vez más a un camaleón que adopta las formas y colores de allí por donde pasa. El nómada-camaleón no puede tener ética, pues su reflexión moral es la adaptación a donde está, vive o pasa. Su moral es la ausencia de moral, la heteronomía radical.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

¿Qué somos?

¿Qué somos? Morfeo le rebela a Neo que en Matrix somos una autoimagen residual, la proyección mental de nuestro yo digital. ¿Qué es un yo digital? Podemos tener claro que somos una proyección propia resultado de la visión que tenemos de nuestro propio yo, de una experiencia convertida en lenguaje. Bien, somos un yo narrativo, y ¿digital? Desgraciadamente Morfeo no nos dice nada más. Podemos entender que ese yo digital es la imagen reproducida por un medio digital: ordenador, tablet, móvil... Estos medios nos permiten no solo modificar nuestra imagen sino también crear identidades tantas veces como queramos. Neo enseguida se da cuenta: No existe ninguna
identidad. Somos fragmentos de múltiples autonarraciones. El yo se pierde, pero no por su ausencia o aniquilamiento como diría Adorno, sino por su multiplicación infinita en distintos yos. Como dice Woody a Buzz LightYear, somos un juguete y como juguetes nos podemos repetir hasta el infinito. Somos iguales y somos distintos, la identidad es un proceso de hacerse y deshacerse, de ir disolviendo nuestra individualidad en la multiplicidad de yos iguales. ¿Es esto la identidad digital? ¿O es el proceso contrario? ¿disolver el yo en múltiples identidades todas distintas? En cualquier caso hay una cosa cierta, y es que el yo no existe, al menos el yo como una esencia invariable, inalterable, inmudable que permanece siempre idéntica a sí misma. ¿Qué somos? Difícil respuesta. No podemos decir que somos algo desde la ausencia del yo, pero tampoco podemos decir que somos algo desde la existencia de un yo auténtico. Este es el misterio de "ser humano".


viernes, 24 de octubre de 2014

De zombies, fantasmas, Parmenides, Robin Hood y otros monstruos

¿Qué es un zombi? Un muerto vivo, la contradicción hecha carne putrefacta, el cuerpo sin vida. El zombi es la negación que afirma su propio no-ser.


El zombi no quiere nada, no tiene voluntad. Como negación el zombi pone en cuestión lo vivo, pues lo vivo es lo contrario e incompatible. El zombi no piensa, está en la caverna y no quiere salir de ella, es más, quiere convencer a todo el mundo para que se quede en la caverna, no para salir. Es lo contrario del prisionero de Platón.

El zombi es un monstruo, un Frankenstein posmoderno sin lógica. Es la amalgama, la confusión, la indiferenciación de todo lo que existe mediante la negación de su existencia. La manera de aceptar la diferencia es dejando de ser, solo en el no-ser es posible acabar con el deseo de ser.

Ser o no ser, esa es la cuestión. El ser afirma la lógica, la identidad. Busca separar y diferenciar, anular toda mezcla, toda confusión, producir diferencia, hacer que lo diferente siga siendo diferente para que se muestre lo simple. El ser tiene conciencia de sí y se da cuenta de la diferencia. Busca lo simple como lo idéntico porque en lo simple, en lo idéntico encuentra el sentido.

Pensar o no pensar, esa es la cuestión. El zombi no piensa y todo aquel que no piensa es zombi, está en el no-ser, instalado en la indiferencia, en la opinión, en la imposibilidad de ser, de distinguir los contrarios. El zombi no tiene sed, su cuerpo está muerto pero animado, pues carece de voluntad. El zombi no quiere ser, está vacío de alma, de espíritu, de conciencia, es decir, cultura. El ser es cuerpo vivo, cuerpo anhelante que desea, ¿qué desea? desea ser, llenarse de cultura, de espíritu. Como dice Spinoza, el hombre es un cuerpo que desea un alma. Un cuerpo anhelante que vive y sufre.

El no-ser no es la vía del conocimiento. Al ser no se llega desde el no-ser, pues sería como decir que al ladrón se le descubre siendo ladrón. Es como querer salir de la cueva de Alí Babá siendo el mismo Alí Babá.  Y esto es Robin Hood, que representa la figura del ladrón, del fuera de la ley que quiere hacer cumplir la ley. Es la máscara de la máscara, el prestidigitador, el mago que quiere cambiar una falsa realidad con trucos. El problema es: ¿se puede cambiar la realidad desde la apariencia? ¿al ladrón siendo uno mismo un ladrón? ¿Se puede llegar a la verdad desde la mentira? ¿a la belleza desde la fealdad? ¿al bien desde el mal? ¿al ser desde el no-ser?